La Radio. Vicios y complicidades.

Por Sandra Lorenzano

 

 

 

 

 

 

 

 

Escuchar radio está entre mis (pocos pero deliciosos) vicios. Las noticias, música, discusiones, cuentos… la radio va acompañándome en distintos momentos a lo largo del día. Nuestra amor, antiguo y sólido, ahora está tomando nuevos bríos con el entusiasmo que me despiertan los podcast (¡¡ah!! El caos enloquecedor y fascinante de la red).

Sí, soy de una generación apasionada por la radio, pasión que en algún momento de la infancia tuvo una fuerte competidora: la televisión. Ni modo. Sí, tengo que confesarlo, soy producto de “Los Tres Chiflados”, de “Flipper” y de “Hechizada”, de “Don Gato y su Pandilla” y de “Los Picapiedras” y crecí creyendo que los productores cuyos nombres aparecían en todas ellas  -Hanna Barbera- correspondían en realidad a una dulce señora que sabía perfectamente lo que los niños queríamos ver. Mi hermano Pablo y yo nos sentábamos con el enorme tarro de galletas puesto entre los dos y devorábamos Merengadas al ritmo de “Super Agente 86” o de “Skippy”. Cuando hace pocos meses él me trajo de regalo de un viaje a Japón un llaverito de Astroboy, los dos supimos que no era realmente un llavero lo que me regalaba sino un talismán que refrendaba uno de los pactos más profundos que existen: el pacto de las complicidades infantiles. Así que sí, señoras y señores, así como me ven, cincuentona y más, ando por la vida con mi Astroboy de enormes ojos redondos como buena caricatura japonesa, para no olvidarme que siempre se tienen no veinte sino siete años “en un rincón del corazón”.

La radio era otra cosa: la radio era la casa de la abuela y el noticiero de la mañana que ella escuchaba mientras tomaba mate. He hablado otras veces de esa niña que fue mi abuela, nacida en Odessa, que llegó a la Buenos Aires con apenas nueve meses y que se volvió la más porteña de las porteñas. Ella que tenía siempre la cartera llena de Sugus para repartir a los nietos, y que cada tanto hablaba en idish para que nosotros no la entendiéramos, escuchaba tangos (¡y cantaba!! “Garufa, pucha que sos divertido. Garufa, vos sos un caso perdido…”) y noticieros. La radio estaba prendida siempre. Recuerdo haber despertado en alguna de aquellas grises y frías mañanas de invierno con el murmullo tranquilizador del conductor de turno, ¿Héctor Larrea, quizás? En mi formación radiofónica, si las mañanas podían ser de la abuela, las tardes eran ineludiblemente de mi madre y de Radio Nacional. Después de almorzar, y de que nosotros hubiéramos hecho la tarea, ella se desconectaba un rato del mundo familiar, abría un libro y escuchaba un concierto. “LRA Radio Nacional”. Cuando me pongo melancólica, la sintonizo por internet, y de pronto vuelvo a tener cuatro, cinco, seis años, y la certeza de que siempre todo va a estar bien. ¡Qué ganas de volver a tener esa certeza! ¡Qué ganas de volver a ver a mamá joven que, levantando de pronto los ojos de las páginas del libro, me mira mirarla y sonriendo un poco de ladito, como sonreía ella, me dice: “Mozart. Hermoso, ¿verdad?”

 

Fuente: Imágenes Google

 

La adolescencia nos volvió a traer el amor por la radio. Sobre todo cuando llegamos a vivir a México. Radio Educación, Radio UNAM, Jazz FM, Radio 590, ¡la Pantera! Uajjjjj. Toc toc… oigo Radio Centro. Radio Capital, Universal, W FM… Emilio Ebergenyi y Los Folkloristas, los infaltables  “Muchachos de antes” y el tres por cuatro,  más adelante El lado oscuro de la luna y Radio Alicia… Pink Floyd y la Nueva Trova, Patti Smith y Botellita de Jerez. De a poco fuimos conociendo el país, entre otras cosas gracias a la radio. A veces hasta en las fiestas sonaba. En lo mejor de “las lentas” y cuando ya te sentías en el séptimo cielo, podía llegar la voz que dijera “Haste, Haste. la hora de México”. ¡¡Querías cortarte las venas con una galletita!!

Para mí, pocas cosas hay tan mágicas como la radio, y si es en la noche, mejor que mejor. Las charlas tranquilas, casi íntimas, la buena música acompañando el final del día son un refugio cálido y familiar.

Después conocí las radios comunitarias, y las admiré. En este territorio fascinante y dolido que es América Latina, la radio ha servido para tejer lazos sociales, para ser solidarios y críticos. En este sentido, es fundamental el papel que han cumplido en crear espacios de difusión y reflexión del pensamiento comprometido; entre otros, del pensamiento feminista.

Miro con fascinación el larguísimo listado de radios que aparece en el sitio de ONU Mujeres (http://www.endvawnow.org/es/articles/1270-radio-comunitaria-.html), pienso en las luchas de las mujeres de los años 70 mexicanos: en Bertha Hiriart y Sonia Riquer con “La causa de las mujeres” (Radio Educación), en la querida Alaíde Foppa con “Foro de la Mujer” (Radio UNAM)[1]; pienso en “Tejiendo género” (Radio UNAM), y sus ¡nada menos que 200 programas! realizados hace apenas un par de años por el Programa Universitario de Estudios de Género (hoy Centro de Investigaciones y Estudios de Género). Pienso también por supuesto en  las cápsulas que en ocasión del Día Mundial en contra de la Violencia hacia las Mujeres, armaron Ana Güezmez (titular de ONU Mujeres) y su equipo con el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, y que fueron transmitidas en español y en diez lenguas indígenas. Cómo no recordar en este contexto las radios indígenas y las propuestas valientes de mujeres muy jóvenes y muy combativas en Oaxaca, en Chiapas, en Guerrero. Muchas de ellas han sufrido acoso, violencias y hasta cárcel por decir lo que piensan. En términos personales no olvido la experiencia que con el equipo de “Las otras voces” (TV UNAM)[2] tuvimos con las compañeras de Radio Ñomndáa que transmiten en lengua amuzga desde Xochistlahuaca, Guerrero.

En fin, la radio como el gran espacio crítico que es; un espacio para la transgresión, para la reflexión, para la creación de ciudadanía, y sin duda, una maravillosa herramienta para la promoción y  defensa de los derechos de las minorías.

Hoy disfruto las propuestas absolutamente irreverentes y propositivas de las chavas jóvenes y comprometidas que hacen, entre otras (otros, otrxs, otres) C-Queer ( https://www.podomatic.com/podcasts/cqueer ), o “Punto Género” (http://puntogenero.org/radio/) o, Macho en rehabilitación (con Plaqueta, en Radio Fórmula).[3]

Como dicen en la presentación de “Tejiendo género”: “Porque sólo a través de la equidad podremos construir una sociedad más justa”.

Vuelvo a las tardes de mi infancia, a mamá joven que escucha la radio, me mira mirarla y sonriendo un poco de ladito, como sonreía ella, me dice: “Mujeres valientes que trabajan para construir una sociedad más justa. Hermoso, ¿verdad?”

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[1] Escribe Carmen Lugo: “Muy pronto el Foro se convirtió en un sitio al que llegaban denuncias y protestas, gracias al cual las mexicanas estuvimos al tanto de lo que pasaba en México y en el mundo en relación con ese movimiento de mujeres que rompía el silencio que había logrado mutilar durante siglos todas nuestras formas de expresión. Alaíde trajo al Foro a Susan Sontag, Dacia Maraini, Kate Millett y a las Marías de las Nuevas Cartas Portuguesas.” (En “Doble jornada”, La Jornada, México, diciembre de 1987).

[2] Gracias a Guadalupe Alonso en TV UNAM y a Amaranta Díaz en la Universidad del Claustro de Sor Juana por el proyecto “Las otras voces”.

[3] Gracias a Ana Güezmez (ONU Mujeres), a Marta Ferreyra (CIEG), a Rita Abreu, a las Estereotipas y a Cecilia Núñez, por la información para este texto que es parte de uno mayor actualmente en proceso.


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Comments

  1. Felicidades maestra por este nuevo espacio de publicación. Me gustó tu texto. Lo que a mi me gustaba de la radio era la expresión de sorpresa cuando ponían la canción que tanto habíamos esperado, o la dedicatoria en la voz del locutor, para declarar abiertamente un amor. Por otro lado, recuerdo las series que mencionas. Por cierto, gracias por mencionar “Skippy”, por un momento creí que lo había soñado, nadie que conozco lo recuerda. Un abrazo.

    1. Gracias por tu comentario. Se lo haremos llegar a la querida Sandra. Te esperamos en futuras ocasiones en “El Viejerío”.

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