Mi derecho al placer… ¡y el tuyo también!

 

 

 

 

 

Por Verónica Maza Bustamante

 

¡Ah, el gozo de la piel, del cuerpo y del ser! ¡Ah, la fascinante experiencia de poder vivir, mientras estamos en esta tierra, un número infinito de orgasmos! ¡Ah, las posibilidades del erotismo! Desde muy joven —primero gracias a los afanes de mis manos y después debido a entusiastas parejas— descubrí que llegar al clímax sexual es uno de los más grandes regalos que pueda tener cada ser humano, sin importar su sexo, su género, su edad ni su estado civil; es un boleto de acceso a un espacio en donde un@ se transforma en sólido, líquido y gaseoso sin necesidad de tener la compleja máquina de un inventor avezado, logrando rearmarse después para regresar a lo cotidiano con las células intactas pero una encantadora tranquilidad en el alma.

Por eso, siempre me ha llamado la atención cuando alguien me dice (o lo leo) cosas como que el sexo es malo, es sucio, es irracional, animal, perverso, innecesario; que jamás ha sentido un orgasmo, que los finge tiro por viaje, que nunca se ha masturbado, que sus compañer@s de cama no le han hecho ni cosquillas o que yo soy una vieja cochina por estudiar e informar sobre sexualidad humana como si no supiera que es algo que se debe mantener en secreto, en privado, en lo oscurito.

Me entristece darme cuenta del altísimo grado de insatisfacción que hay en el mundo, en México y, particularmente, entre las mujeres de todas latitudes. A cada rato recibo mensajes de lectoras que me piden consejos para sentir un orgasmo, me preguntan si en verdad se puede ser multiorgásmica o me cuentan que están insatisfechas, muchas veces desde décadas atrás, con la vida erótica que tienen. Trato de orientarlas de la mejor manera mediante mensajes, de compartirles bibliografía y recomendarles que practiquen lo estudiado, pero el problema siguiente es que temen que sus compañeros o compañeras se saquen de onda porque repentinamente desean probar cosas nuevas, han encontrado un punto sabroso que no conocían de sus anatomías o llevan algunos artículos de novedá a sus alcobas. Entonces, se crea un doble drama: ya no sólo el de la ausencia de placer, sino también la aparición de vergüenza o temor, así como un posible rechazo por parte de sus compañeros.

¿Qué hacer en esos casos? Llevo 18 años estudiando e investigando sobre sexualidad humana, así que he pasado por diferentes niveles, cada vez más profundos, de comprensión tanto de la capacidad que tenemos hombres y mujeres de sentir placer como de los prejuicios que nos acompañan, pegados como chicle en el zapato, desde que somos unos niños, los cuales nos hacen ser infelices en lugar de vivir en bienestar, pues han estado presentes desde las primeras civilizaciones que poblaron este mundo como si fueran un cuchillo invisible que nos machaca el cerebro para que no nos salgamos del corralito de lo “eróticamente correcto”.

No es sencillo cambiar de paradigma ni es labor de tan solo una persona o un pequeño grupo de entusiastas que hayan comprendido más aristas del placer, el conseguirlo. Lo que se necesita es información veraz, humanista, laica, completa y compleja. También ganas. Y hartos huevos (ovarios, pues) para plantarnos frente a quien cuestione el ejercicio de nuestra sexualidad, diciéndole que tenemos el derecho, reconocido hasta por instancias muy perronas a nivel internacional, de sentir placer, más la inteligencia para determinar que queremos alcanzar la plenitud. Punto.

Hacer eso da miedo cuando no se tienen las herramientas tanto emocionales como intelectuales y vivenciales para lograrlo. Lo más curioso, a la vez que esperanzador, es que no se necesita mucho más que el deseo de llegar a ese puerto, orientación sobre el destino y, sobre todo, la capacidad de conocernos a nosotr@s mism@s a profundidad, de reflexionar sobre el mundo que nos rodea, con todas sus limitaciones pero, a la vez, posibilidades; el anhelo de alcanzar el bienestar, amén de una buena salud en todos niveles, estabilidad emocional; de jamás aburrirnos, de permanecer alebrestad@s por quienes comparten sus cuerpos con nosotr@s, de ver el mundo con ojos de asombro como si siguiéramos siendo niñ@s pero con la capacidad de sentir unos orgasmotes de miedo. No es tan difícil, en serio. Vamos a platicar un poco al respecto.

 

 

Tócate aquí, allá y acullá  (incluyendo el intelecto)

Hace dos años, cuando presenté mi primer libro, El motel de los antojos prohibidos, en la terraza de un hotel en el Centro Histórico, en la sesión de preguntas y respuestas, un hombre (entrado en años y cobijado bajo un paraguas entre el centenar de asistentes) levantó la mano para preguntar si no me daba vergüenza escribir sobre estos temas, y si ya me había puesto a imaginar qué pensaría Dios de mi libro.

Justo mientras él expresaba su inquietud, un amigo se acercó para decirme al oído que mi tía Coco, que estaba en silla de ruedas, tenía mucho frío y ya se quería ir. A mí se me cruzaron los cables, le pedí a su hermana que la acompañara y cuando regresé a enterarme del chisme para contestar, mi amiga Marisol Gasé, quien era una de l@s presentador@s, ya tenía el micrófono en la mano. Le dijo: “Yo lo único que voy a comentar, en lo que Verito responde, es que si ese Dios que mencionas no hubiera querido que sintiéramos placer, nos hubiera puesto las manos en la cabeza”.

Las carcajadas brotaron como flores en primavera, y aunque posteriormente le dije al señor que mis estudios en sexología eran humanistas, científicos y laicos, por lo que no me había parado a pensar en lo que su dios pensara, pero había mucho de espiritualidad tanto en el ejemplar como en la práctica erótica, el comentario de Marisol me dejó pensando durante varios días en que explicar el asunto podía ser así de sencillo. No se necesita mayor erudición para romper nuestros mitos y tabúes que el deseo de hacerlo, aunado a buena información y la lógica para entender que, más allá de las creencias de cada persona, el placer es algo que debería ser visto en toda su magnitud, como algo que incluso nos acerca a lo divino en tanto nos hace sentir felices, completos, tranquilos, amorosos, dispuestos a ser buenos con los demás cuando lo sentimos de manera profunda, abiert@s a la experiencia, sin aprensiones ni nomás por encimita.

La sexualidad abarca el sexo, las identidades, los géneros, la intimidad, la reproducción, el erotismo. Se vivencia a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. Tiene la influencia no únicamente de factores biológicos y psicológicos, sino también sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales. Es parte inherente de cada ser humano desde que está en el vientre materno hasta el día en que muere. Eso es lo más básico pero, a la vez, más complejo que podamos entender sobre nuestro ser sexual. Si comprendemos ese universo tan vasto que representa, nuestra mente va a estallar por todas las posibilidades que tendrá para encontrar “lo sexual” en nuestro día a día, pero también nuestro cuerpo, pues podremos descubrir entonces que el placer (el cual según la teoría general entra en el campo de la erótica pero de acuerdo con la mía está en todos lados, en numerosas actividades, expresiones y personas) podía estar a nuestra vera cada instante de nuestra existencia. Qué gran regalo, ¿no?

Por eso, mi mejor consejo es invitarte a que te toques aquí, allá y acullá y hagas lo mismo con tu pareja para descubrir todas esas zonas que hay en ti donde sentirás desde cosquillitas agradables hasta tsunamis de sensaciones. Puedes emplear objetos para conseguir un sinfín de estremecimientos (plumas, telas, comida, aromas, aceites, juguetes sexuales, música, películas, bebidas, incluso artilugios de cocina, cojines de la sala, platos del comedor, alcohol o cannabis empleados de manera controlada y consciente), así como abrir tu voz para contar tus experiencias pasadas, tus fantasías, tus deseos futuros. No olvides que los seres humanos no somos entes estáticos; todo el tiempo estamos cambiando, así que lo que te gustaba hace diez años no será igual a lo que te apasiona ahora o te va a acicalar el chivigón dentro de dos décadas.

Olvídate de que “el sexo” es la penetración o lo genital. Atáscate con todo: ve de los dedos gordos del pie al cabello como un niño o una niña que va descubriendo el espirógrafo que le regalaron en su cumpleaños. Haz pausas durante la faena erótica. Cuando sientas que has llegado a un punto alto de regodeo, detente. Beban algo, cambien la música, rían, cuenten lo que estaban sintiendo, coman. Después sigan descubriendo ese territorio ignoto que es el cuerpo de cada uno.

Cada milímetro de tu piel es capaz de sentir placer; deja que el sol te acaricie, que las olas del mar jueguen contigo, que el viento te faje. Todo eso es sexual pero también es experiencia de vida, al igual que una plática sabrosa, larga, profunda con un buen amigo o una buena amiga (¡vamos rompiendo esa regla de que los nenes con los nenes y las nenas con las nenas!), la emoción de ver una película que te haga llorar, escuchar una canción que provoque que tu corazón palpite o admirar una flor magnífica creciendo en un camellón de tu ciudad. Si lo piensas, hay mucho de divino en ello, pero de una manera tangible, no tendenciosa o enigmática como puede pasar en los conceptos religiosos.

Lee mucho. No sólo es sexy; también te ayudará a entender que el placer está en todos lados. Ojo: no hablo a nivel metafórico únicamente, sino también de lo genital. Leer nos ayuda a entender, y entender nos lleva a analizar nuestros temores. Analizar nuestros temores nos hace descubrir los prejuicios que hay detrás de ellos. Encontrar y comprender esos prejuicios es la única manera de destruirlos. Si los destruyes, entonces podrás sentir de verdad. Es como salir de una Matrix en donde el deseo es una cosa ahí más o menos chida, como nos han hecho creer, para entrar en una dimensión nueva en donde descubrirás que el gozo puede ser constante, intenso, infinito.

Toca tu intelecto. No te quedes con la información que leíste o viste en YouTube. Reflexiona al respecto. Reta a tu mente para que vaya más allá, para que genere una interpretación de lo aprendido, aplicándolo en la vida cotidiana. Puedes hacerlo con un porno inteligente (¡las mujeres de varios países están haciendo pornografía maravillosa!) o con un tratado de sexología, una novela romántica o lo que te contó tu comadre hace unos días. Haz que te gire la ardilla, para que vayas comprendiendo quién eres, qué te gusta, cómo es tu mundo, cómo te ves a ti misma y a los demás.

Aunque no lo creas, ¡todo esto es sexual también, pues te va a generar placer y hará que comprendas quién eres! ¿Necesitas más para dar el paso? Anda, anímate a ejercer tu derecho al placer entendiendo lo que esta frase, a veces tan sobada, implica. Te presagio un viaje sorprendente.

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Sus libros: El motel de los antojos prohibidos (Grijalbo) y ¡Madres! Lo que nadie se atreve a decirte sobre la maternidad (Vergara)
Su columna “El Sexódromo” aparece todos los sábados en Milenio Diario. Puedes leerme cada semana en el portal “Hablemos de Sexo y Amor” y escucharme en Radio Universidad de Guadalajara y Milenio Radio Jalisco.