Texto sin pies ni cabeza sobre la infancia

No quiero hacer adultsplaining –el primo con dolor de pies y deudas en la tarjeta de crédito del mansplaining y del whitesplaining–, pero qué pedo con la discriminación hacia las niñas y a los niños (a partir de ahora lxs niñxs, aunque los haters del lenguaje inclusivo lloren mientras abrazan su Diccionario de la Real Academia Española)

Por Tamara de Anda

.Antes de la pubertad, eres alguien que existe en teoría, una caricatura, algo sobre lo que los adultos hablan y a quien le dan órdenes, pero con quien difícilmente se ponen a dialogar. En los medios aparecen niños que actúan como adultos que actúan como niños, recitando guiones escritos por personas que ya olvidaron lo que es tener cuatro, siete, diez años. Y cuando llega a aparecer alguien auténtico, alguien de a deveritas, es para burlarse. Edgar se cae en un loop eterno de humillación.

¿Qué sentirán lxs niñxs cada vez que su edad se usa para insultar a alguien mayor que dice o hace una pendejada? “Pareces niño chiquito”, “Escuincle nalgas miadas”, “Eres una chamaquita babosa”. Nos quejamos del machismo de “Vieja el último” o del capacitismo de “Pinche loco”, ¿pero y el etarismo? Ay, no importa, es de broma, es una metáfora, además son niños, equis, son de hule, no sienten, no ven, no oyen, no recuerdan, no existen.

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Yo de muy joven:

 

Plaquetita

Esos ojos rojos no son un efecto de la cámara, sino un reflejo de mi furia ante el maldito mundo adultocéntrico en el que me tocó vivir.

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Hace un par de años, estábamos una bola de veintitreintis echando chelas en casa de un amigo. Una chica había llevado a su hijo como de cuarto de primaria (él bebía limonada, porque aquello no era una película de Arturo Ripstein). En algún momento surgió la idea de hacer una sesión de papelitos, un juego que le gusta mucho a los fresas pero que todos deberíamos adoptar. A la hora de armar los equipos, nadie quiso estar con el chavito. Él nos veía con cara suplicante para que lo incluyéramos, pero no, lo abrimos de forma asquerosa y descarada. Simplemente pretendimos que no estaba ahí. Y la mamá, en lugar de decirnos que no mamáramos, nos siguió la corriente. Yo me sentí medio mal, aunque tampoco quería meterlo en mi grupo, porque qué tal que por la diferencia de edades no sabía quién era Carlos Salinas de Gortari o los Gremlins y me hacía perder.

Pffff.

Fuimos unos malditos. Fui una culera. Olvidé por completo las tardes en que “los grandes” me mandaban a ver la tele para no molestarlos. O a “convivir” con otros niños a pesar de que me caían gordos. O que me dejaban guardada en un cuartito para irse a divertir.

“Cuando estés grande lo vas a entender”.

Pues sí lo entiendo, pero está de la verga.

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Cuando era chiquita, me juré que, al crecer, recordaría lo espantoso que era ser niñx. Que nunca se me borraría cómo las malditas maestras tiranas de mi escuela de tabicón peludo trataban como basura a sus alumnos más problemáticos, que evidentemente eran abusados en sus casas (güey, ¡llegaban con moretones!), y que los tacharan de huevones y burros. Que jamás perdonaría cómo los adultos hablaban de nosotros en tercera persona, como si fuéramos objetos inanimados, en nuestras narices. Que desecharan nuestras angustias y preocupaciones por no ser “importantes”. ¿Importantes para quién?

(Ya me pasé de azotada con el párrafo anterior. Parece que estoy escribiendo la secuela de Elisa antes del fin del mundo, churro de hace veinte años producido por Chespirito, ejemplo clarísimo del fenómeno “niños actuando como adultos actuando como niños” anteriormente mencionado, con diálogos inverosímiles y una trama sobre “valores familiares”. La película está en YouTube y recomiendo verla en fast forward y/o en una sesión de nostalgia de la moda noventera: clic.)

En aquel entonces me prometí a mí misma que, “cuando fuera grande”, además de tener muchos gatitos, me dedicaría a luchar contra la discraminación hacia lxs niñxs. Pero los adultos somos seres horribles y sin alma que sólo pensamos en cosas como la declaración anual o en evitar que se le raspe el teflón a las sartenes. Me hice cínica, y el manual de los cínicos incluye hacerle el fuchi a la infancia. Aunque con una casa llena de felinos domésticos, en lo demás le fallé a la joven Plaquetita.

Por eso hoy levanto mi computadora y la agito en el aire con este texto. Porque las cosas no han cambiado. Porque los siguen ninguneando e ignorando, pero todas las cosas que relato aquí palidecen ante los niveles de violencia que sufren millones de niñxs en México. Porque ahora resulta que muy preocupados por el acoso escolar, cuando el bullying empieza por las instituciones. Porque te tienen que matar para que haya escándalo, pero antes de eso tus palabras de menor de edad no las creen familiares, maestros ni autoridades. Porque eres ciudadanx de segunda. Porque en este país conservador te defienden cuando eres feto, pero luego ya vales pito y nadie va a hacer nada por ti.

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En todo esto pensé porque el fin de semana, en un grupo de Facebook, se armó el debate entre las child free y las que o son mamás o no tienen un pedo con la chamaquiza. Ambas posturas/experiencias son completamente válidas y respetables. La polémica en específico era si se debía permitir o no la entrada de niñxs pequeñxs a salas de cine o funciones de teatro. Lo que pudo ser una plática enriquecedora donde se aportaran posibles soluciones a la situación, terminó en chavas llamándole “engendros”, “crías”, “prole”, “bestias” y “parásitos” a lxs hijxs de las que defendían su derecho de salir a pasear a donde les diera la gana. ¿Así de plano? ¡#Conapreeeeeeed!

Además de que se refirieran a lxs niñxs como animales, me pareció muy gacho que la discusión enfocara la responsabilidad de la crianza en las mujeres, y que se hablara de la maternidad como “un sacrificio”. Las antiniños abogaban por espacios públicos 100% libres de menores, como si fueran humo de tabaco. Casi casi le pedían a quienes ya habían tenido la imprudencia de aumentar el censo permanecer encerrados en sus casas hasta que “el producto” cumpliera 18 años y estuviera listo para ingerir gomichelas.

Sí, hay niñxs abominables, pesados, insoportables, que no se saben comportar. ¿Saben por qué? PORQUE SON HUMANOS. Y los humanos somos una especie horrible. Lxs niñxs no son menos odiosos, ruidosos, mensos, inconscientes y necios que sus equivalentes adultos. Los cuales, para colmo, ya no tenemos remedio.

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Qué oso ser adulto.

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